Todos ellos me sonreían, todos eran felices.
Y sí, eran felices como los recordaba.
Entre cada sonrisa ellos rezaban la plegaria de la vida.
Irónico eso de la vida, todos vivimos para morir y morimos por vivir.
Todos ellos, todos mis muertos rezan desde los confines de la tierra, rezan historias de mi vida y de sus vidas pasadas.
Todos ellos susurran sobre la plenitud de la muerte y de la paz en ella y todo ellos me recuerdan el caos de la vida.
Mis muertos, solo ellos conocen la virtud de la agridulce espera y los paradigmas de las vueltas a la esquina.
Solo ellos rezan por mi vida o mi muerte, pero lo que ninguno de ellos hace es devolver la plegaria del abrazo, el anhelo de la risa y la dicha de sus voces.
Después de todo aprendes a entonar su plegaria a destiempo.
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